Testimonio de la Vocación
de Cruz Edgar Cortés Pérez
Esta historia empezó
hace más de veinte años, en la comunidad de Tepalcingo,
al oriente de Morelos, un pueblo marcado por la pobreza de sus habitantes,
por sus esfuerzos cotidianos y sus vicios comunes, un pueblo que
sabía del sufrimiento y del dolor.
Allí vivían mis padres,
personas ordinarias que encontraban la vida en el trabajo de cada
día, en las preocupaciones y en los problemas cotidianos.
Mi padre, un profesor entregado a su tarea, lidiando con el hambre
de su familia y la insuficiencia del sueldo, saliendo de casa antes
de la claridad matutina, y regresando a ella al tiempo del ocaso.
Mi madre, mujer de hierro, pendiente de sus hijos semidesnudos,
trabajando por su casa. Éramos una familia pequeña,
de mis padres habíamos nacido cuatro hijos, el segundo murió
casi al nacer.
En ese entonces las actividades parroquiales
no eran algo en lo que invirtiéramos el tiempo, ni siquiera
algo que figurara en las prioridades familiares. Mamá nació
y creció en un poblado de las montañas del sur de
Chiapas, donde no había, siquiera, los servicios de agua
o de luz; más aún, donde poco se conocía de
la catolicidad y no había ni sacerdote ni misas; de ahí
que ella satisficiera sus inquietudes religiosas en un grupo sectario
y fuera indiferente a toda expresión católica. Por
su parte, papá se había dedicado siempre al trabajo,
como campesino, pastor, panadero, sólo siendo adulto pudo
concluir su educación básica y después estudiar
la normal en el estado de Oaxaca. De esta manera, ninguno de los
dos pudo ser practicante asiduo en la Iglesia y, por lo tanto, los
hijos tampoco generaríamos esa cercanía.
El trabajo sin tregua, la necesidad
económica, las carencias de alimento y vestido, etc., fueron
entretejiendo un ambiente conflictivo al interior de la familia,
papá llegaba irritado, cansado, sin ganas de nada, sólo
anhelando descansar. Su irritación se combinaba con su carácter
explosivo, y traía como consecuencia gritos y ocasionales
golpes. En tal situación, mamá fue invitada a asistir
a un pequeño grupo de reflexión bíblica, y
aún a costa del enojo que ello causaba en mi padre, decidió
ir; ¿lo hizo por convencimiento?, ¿lo hizo por respirar
un aire distinto al respirado en casa? No sabría decirlo
con certeza.
Al ser yo el hijo más pequeño,
mamá decidió llevarme con ella al grupo de reflexión,
después empezaríamos a asistir ocasionalmente a la
misa dominical, y pronto papá comenzaría a acompañarnos
a las celebraciones. A partir de este momento iniciaría un
largo proceso de transformación, ocasionado por un cierto
descubrimiento de Dios; es decir, de alguna manera la Palabra de
Dios confrontó la vida familiar, abrió los ojos para
poder descubrir que en el seno de la familia había actitudes
que, al estar lejos de la voluntad de Dios, eran perjudiciales para
el desarrollo personal.
Entonces yo no era conciente del cambio
que se estaba fraguando, pues aunque se realizaba de una forma demasiado
lenta, era verdaderamente eficaz por el hecho de partir de una experiencia
de fe. Sólo pude tener una muy vaga noción de algunos
cambios actitudinales cuando ya estaba por entrar a la preparatoria,
entonces fui capaz de voltear hacia el pasado, de redescubrir el
proceso familiar, y advertir que muchos valores se habían
adquirido y que muchos vicios habían sido transformados.
Ante este descubrimiento brotó, por un lado, un sentimiento
de gratitud; y por otro, el asombro de saber que había sido
la mano de Dios la que había ido mejorando la situación
familiar. ¡Dios había actuado en mi familia! Estaba
claro, y lo había hecho por medio del sacerdote que, con
sus palabras, había sido capaz de tocar los corazones. Si
eso lo había hecho Dios valiéndose de un sacerdote,
entonces ¡yo también quería ser sacerdote!,
y quería serlo para aliviar los sufrimientos, para transmitir
el amor y el consuelo del Dios cercano, y para dar a conocer que
la vida no puede desperdiciarse en enojos, mentiras y violencia,
en odios y resentimientos.
En ese tiempo acaricié la posibilidad
de ingresar al seminario menor, pero al fin de cuentas no fue posible;
en lugar de eso estudié en un colegio de bachilleres. En
esta etapa, las intenciones de ser sacerdote se esfumaron, pero
después volvieron para de nuevo desaparecer y, con el tiempo,
nuevamente regresar. Y así permaneció la inquietud
sacerdotal, apagándose el ánimo y luego encendiéndose,
apagándose y encendiéndose; mis experiencias de noviazgo
me fueron presentando una posibilidad de vida en matrimonio, de
pronto me apasionaba la idea de compartir mi vida con una mujer
cuyo corazón sintonizara con el mío, y olvidaba la
idea de ser sacerdote, sin embargo… siempre volvía.
Llegó el momento de tomar una
decisión, no podía vivir siempre en la duda, tenía
que arriesgarme por algo y asumir las consecuencias: o seguía
a Dios en el matrimonio y en la vida laical, o lo seguía
consagrándome todo a Él en una vida como sacerdote.
El conflicto interior crecía, quería seguir la experiencia
del noviazgo, pero del mismo modo quería ser sacerdote. Al
terminar la preparatoria decidí arriesgarme por la segunda
opción, ingresé al seminario. No fue nada fácil,
había muchos temores, muchas dudas, ¿y si ese no era
mi camino? ¿y si soy infeliz? ¿y si no alcanzo a tener
las fuerzas para continuar? ¿y si me equivoco?
Sin embargo, no lo podía saber
si no me arriesgaba, me enseñaron a confiar en Cristo, sabía
que él me llamaba, pero no sabía si yo mismo quería
responder. Al final comprendí que si Jesús me invitaba
a seguirlo, estaría conmigo y me llenaría de fuerzas
al andar, y que habría obstáculos para enseñarme
a confiar.
Ahora llevo más de seis años
en el seminario, estoy estudiando el segundo grado de la teología.
No puedo decir que ya no tengo temores ni limitaciones, sin duda
las hay; pero he comprendido que vale la pena esforzarse por crecer
y tratar de romper nuestros propios límites, valen la pena
los descalabros y las lágrimas si nos ayudan a valorar el
fin por el que seguimos adelante, por el Reino que aparece como
la perla más fina o el tesoro más preciado.
Sé que Jesús me ha mirado
y me ha amado, que me ha perdonado y me ha llamado, sé que
quiero responderle como sacerdote, sé que el camino no ha
sido, ni es, ni será fácil, que así como habrá
profundas satisfacciones y alegrías, así también
habrá soledades, lágrimas y tristezas… al final
me mantiene la esperanza, y la esperanza no puede morir. Hoy mi
familia es una columna sólida que me da fuerzas para no dejar
de caminar, el amor de mis padres y de mis hermanos me habla del
amor de Dios.
¡Quiero ser sacerdote!, y cuando
el Señor pide, pide mucho, más aún, lo pide
todo. Quiero darlo todo, a veces me cuesta, pero lo que importa
es no estacionarse y dejar que las cosas pasen como si nada. Hoy
comprendo que hay una misión muy grande por cumplir, la misión
que exige el Reino, que pide la vida, incluso la sangre. He visto
a Jesús crucificado en la crucifixión diaria de mucha
gente, clavados en la cruz de la miseria, del sufrimiento, de las
enfermedades, del sentimiento del vacío de la vida, de la
violencia, del abuso a su dignidad, de las injusticias, de la ignorancia,
de la soledad, del estar lejos de la familia por buscar el alimento,
de la incertidumbre y de la angustia ante la situación política,
económica y social por la que atraviesa el pueblo mexicano.
Quiero ser sacerdote porque creo que
Dios quiere al hombre liberado y feliz, porque es el Padre todo-amoroso
que ama sus hijos; y así como en el pasado Dios ha hablado
por bocas humanas, quiero dar mi boca para que Dios hable por ella,
y quiero dar mi inteligencia, mi voluntad, mi persona, quiero darlo
todo por la causa por la que Jesús se dio todo, por el Reino
que ya está aquí… pero que se consuma en la
eternidad.