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Palabras del Padre Daniel García Flores

Cuando la Palabra Eterna decidió hacerse carne, asumió la gran complejidad del ser humano. Los primeros discípulos del Evangelio siguen al Maestro atraídos, sorprendidos por su humanidad. Esta les interpela, les convence, les apasiona. Se trata de un hombre creíble en su libertad, convencido de su ser y quehacer, amante del proyecto incomparable del Reinado. No tiene intereses de poderes terrenos, de vacías riquezas, de placeres egolátricos, su inter esse es estar con el débil, el herido, el cansado, inclusive, es capaz de con-vivir con el disfrazado fariseo y el seductor saduceo para mostrar la radicalidad de su convicción: hacer la voluntad de su Dios.

Cuántas expectativas, miedos, murmuraciones, ilusiones surgieron en torno al hombre de Galilea, muchos quedaron defraudados, otros en cambio, convencidos: esos aprendieron a vivir en la nueva familia convocada por Él. Aquel semillero los fue formando en la humanidad de Dios.

Hermanos seminaristas, Jesús de Nazaret es el Maestro de humanidad sacerdotal, Él es el dueño de este semillero: está con nosotros para mostrarnos su misterio más profundo en lo ordinario de nuestras vidas, en el único e irrepetible historial vocacional de cada uno de nosotros, en nuestras carencias y talentos. No tengamos miedo de ser confrontados por su Evangelio de misericordia y justicia. No tengamos miedo de la disciplina que confronta nuestra humanidad con la de Jesús, que anima nuestras innumerables potencialidades, que es instrumento de escucha. No tengamos miedo de la cruz y la resurrección. El pueblo de Dios cree en nosotros; nuestra gente y nuestro tiempo esperan mucho de nosotros.

Hermanos en el ministerio sacerdotal: Gracias por caminar con el seminario. Los necesitamos. Necesitamos la semilla de su testimonio sacerdotal, necesitamos la semilla de su generosa humanidad, necesitamos su solidaridad que siembre en nuestras luces y tinieblas; en nuestros aciertos y fracasos la confianza de hacer la voluntad de Dios. Gracias por estar aquí: ¡ésta es su casa!

P. Luis Millán, P. Juan Alvarado, nuestra oración y agradecimiento, que el Señor Jesús ilumine la misión que ahora se les encomienda.

Sr. Obispo, damos gracias a Dios por su ministerio episcopal, por su paternidad en el "corazón" de la Diócesis de Cuernavaca. Gracias por la confianza que deposita en cada uno de nosotros.

Que el Dios revelado en Jesús: el Hijo de María y José, nos bendiga abundantemente.

P. Daniel García Flores

[27.01.2009]

 

       
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