Cuando la Palabra Eterna decidió
hacerse carne, asumió la gran complejidad del ser humano.
Los primeros discípulos del Evangelio siguen al Maestro atraídos,
sorprendidos por su humanidad. Esta les interpela, les convence,
les apasiona. Se trata de un hombre creíble en su libertad,
convencido de su ser y quehacer, amante del proyecto incomparable
del Reinado. No tiene intereses de poderes terrenos, de vacías
riquezas, de placeres egolátricos, su inter esse es estar
con el débil, el herido, el cansado, inclusive, es capaz
de con-vivir con el disfrazado fariseo y el seductor saduceo para
mostrar la radicalidad de su convicción: hacer la voluntad
de su Dios.
Cuántas expectativas, miedos, murmuraciones,
ilusiones surgieron en torno al hombre de Galilea, muchos quedaron
defraudados, otros en cambio, convencidos: esos aprendieron a vivir
en la nueva familia convocada por Él. Aquel semillero los
fue formando en la humanidad de Dios.
Hermanos seminaristas, Jesús de Nazaret es
el Maestro de humanidad sacerdotal, Él es el dueño
de este semillero: está con nosotros para mostrarnos su misterio
más profundo en lo ordinario de nuestras vidas, en el único
e irrepetible historial vocacional de cada uno de nosotros, en nuestras
carencias y talentos. No tengamos miedo de ser confrontados por
su Evangelio de misericordia y justicia. No tengamos miedo de la
disciplina que confronta nuestra humanidad con la de Jesús,
que anima nuestras innumerables potencialidades, que es instrumento
de escucha. No tengamos miedo de la cruz y la resurrección.
El pueblo de Dios cree en nosotros; nuestra gente y nuestro tiempo
esperan mucho de nosotros.
Hermanos en el ministerio sacerdotal: Gracias por
caminar con el seminario. Los necesitamos. Necesitamos la semilla
de su testimonio sacerdotal, necesitamos la semilla de su generosa
humanidad, necesitamos su solidaridad que siembre en nuestras luces
y tinieblas; en nuestros aciertos y fracasos la confianza de hacer
la voluntad de Dios. Gracias por estar aquí: ¡ésta
es su casa!
P. Luis Millán, P. Juan Alvarado, nuestra
oración y agradecimiento, que el Señor Jesús
ilumine la misión que ahora se les encomienda.
Sr. Obispo, damos gracias a Dios por su ministerio
episcopal, por su paternidad en el "corazón" de
la Diócesis de Cuernavaca. Gracias por la confianza que deposita
en cada uno de nosotros.
Que el Dios revelado en Jesús: el Hijo de
María y José, nos bendiga abundantemente.